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La Coctelera

Categoría: Memorias

30 Marzo 2006

El Dragón Verde, 2006

Hace tiempo que no paso por vuestro lado, y las últimas veces, no ha sido especialmente agradable. Vosotros no tenéis la culpa, buena gente. Siempre habéis cumplido, siempre habéis estado allí. Habéis sido cordiales, invitado a beber, pinchado mi música, y también habéis dispuesto un escenario entrañable para algunos momentos especiales.

Ahora, sin embargo, aparecéis asociados a una época que comenzó, como las buenas películas de Wilder, de forma algo loca, se desarrollo haciéndose muy hermosa, pero terminó como el más pesimista de los Tim Burton.

Al recordarla, parece un viejo documento en bobinas mudas de Super8. Han pasado mucho tiempo en la humedad del sótano, casi no las puedo ver bien.

Allí hice amigos, bebí hasta perder la razón y conocí a quienes luego fueron buenas compañeras, al menos durante el tiempo que se creyeron la gran mentira de mi personaje. Todas las máscaras caen, y, joder, la mía hizo ruido. Entre mis amigos y yo hay un muro insondable, que me ha sido imposible romper hasta la fecha. Además... hay una pobre chica, triste, poca cosa, pero la verdad es que me caló hondo, como a Brando, Mary Murphy, en Salvaje.

No la traté bien, las cosas como son. Aun así, siempre busco la oportunidad para disculparme, pero cuando la encuentro, estoy ya cayendo al suelo tremendamente borracho. He tenido suerte de llegarte a conocer, y me alegro de que, por lo que se, te vaya bien.

¡Pero no, amigos! No os guardo rencor. No es la atención al cliente, no es el precio de la cerveza (¡aunque ya os vale!) Es la podredumbre…

No puedo evitar oler a chamus-quina cada vez que trato de acercarme otra vez a ese dragón verde. Parece ser que su aliento se ha vuelto más afilado que nunca. Demasiado tiempo precintado, hay que airear ese local, por Dios.

Supongo que en el fondo soy un perro espeluchao espantado por otros más fuertes. Pero mi olfato es más sensible; alguien marcó su territorio; se mearon fuera, a pesar de la indicación “HACEDLO DENTRO, NO SEAIS ORCOS DE MORDOR”, y los niños buenos como yo hemos de evitar acercarnos, o nos morderán el culete.

Indirectamente, se os ha asociado con tiempos mejores que ahora han dejado de tener sentido. Muchos y muy buenos recuerdos, demasiados, coño. Pero también muchas angustias propias y de seres cercanos; cerca de vuestras puertas he sido víctima de auténticos abusos. He sufrido en plan bestia, como Brando en La Ley del Silencio, al escuchar las duras palabras de una aspirante actriz.

¿Acaso estas actrices no ejercen como tal cuando nos dan el golpe de gracia? Todo un reto, nena, trata de parecer triste, cuando lo que estás es hasta las narices.

Contigo, Dragon Verde, es un eterno Han/Leia. Te diré que en un tiempo, trascendías mi vida, y ahora, solo te tengo nostalgia. Se ha apagado el fuego que expulsabas por tu hocico... Eras la llama eterna, y ahora me has chamuscao.

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29 Marzo 2006

Elisa Oliver o una bicicleta llamada Layla

A veces no es suficiente con pasar página, a veces los fantasmas de un pasado reciente emergen como almas en pena, tras el muro del subconsciente, escondidos en canciones, deambulando por las calles, cuidando palomas en el tejado de Terry Malloy o pedaleando sobre una bicicleta rosa llamada Layla.
Hay momentos en que te sientes abatido, harto de pelear por tu lugar. Las plantas de tus pies están chamuscadas de tanto andar sobre la ceniza de, y tus uñas rotas y sangrantes de arañar la pared tras la que se refugiaron tus anhelos.

Y es en esos momentos, chico, cuando te invade una extraña sensación de calma. Arrinconado en una esquina o postrado sobre la barra del bar, tus heridas van cicatrizando. Pides un café y alguien te ofrece un cigarrillo. Has vuelto a fumar, maldita sea, pero te sienta bien. Tienes una sonrisa para todos y no es en absoluto, falsa.

Por dentro, el vacío, una pérdida. Nada importante, hace meses que vives sin ello, pero ahora no puedes evitar recordar aquella presencia, aquella edad de oro en que las sobras de ayer eran el más exquisito manjar y un colchón sobre el suelo, una cama en la suite del Ritz.

Ella quería ser actriz y acabó de dependienta en Comestibles Oliver, yo quería quererla y lo logré demasiado tarde. Nunca pudo ser la sombra de sus días de gloria, como Norma Desmond, porque ni siquiera los tuvo. Yo no pude, como Joe Gillis, darle el guión de su vida.

Hoy somos dos espantajos. Un tirillas enfundado en una chupa de cuero, apurando un whiskey y con falsos aires de estrella de rock, frente a una mujerona cuyos años se le han ido acumulando en las caderas que todavía ensaya ante el espejo su mirada picarona. Damos pena.

Supongo que en el fondo, nunca fue buena actriz. Era menuda, muy bajita, sus movimientos eran torpes y no sabía cantar bien, aunque lo intentaba con gracia.

Pero había un brillo en sus ojos que me hacía creer en ella. Me creía, como en el cine, la gran mentira y por un momento, olvidaba mi firme convicción de que estudiar arte dramático es una pérdida de tiempo para la mayoría de la gente. Si algo resplandecía en los ojos de Elisa, era esa vocación de seguir adelante, de pelear por su lugar. En eso coincidimos.

No se donde queda tu humilde negocio familiar, preguntaré a los vecinos, no descarto pasarme algún día. Fingiré no conocerte, actúa para mí y trátame como un desconocido. Tu recuerdo se está borrando, pero lucha incansable, al otro lado del muro por no ser olvidado. Quizás no tengamos mucho que fingir. Tan cercanos y tan extraños, así hemos quedado.

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Cínico, pedante, rastrero... eterno protagonista de un western crepuscular. Aquí solo servimos whiskey..., y ya van Counter
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