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La Coctelera

29 Marzo 2006

Elisa Oliver o una bicicleta llamada Layla

A veces no es suficiente con pasar página, a veces los fantasmas de un pasado reciente emergen como almas en pena, tras el muro del subconsciente, escondidos en canciones, deambulando por las calles, cuidando palomas en el tejado de Terry Malloy o pedaleando sobre una bicicleta rosa llamada Layla.
Hay momentos en que te sientes abatido, harto de pelear por tu lugar. Las plantas de tus pies están chamuscadas de tanto andar sobre la ceniza de, y tus uñas rotas y sangrantes de arañar la pared tras la que se refugiaron tus anhelos.

Y es en esos momentos, chico, cuando te invade una extraña sensación de calma. Arrinconado en una esquina o postrado sobre la barra del bar, tus heridas van cicatrizando. Pides un café y alguien te ofrece un cigarrillo. Has vuelto a fumar, maldita sea, pero te sienta bien. Tienes una sonrisa para todos y no es en absoluto, falsa.

Por dentro, el vacío, una pérdida. Nada importante, hace meses que vives sin ello, pero ahora no puedes evitar recordar aquella presencia, aquella edad de oro en que las sobras de ayer eran el más exquisito manjar y un colchón sobre el suelo, una cama en la suite del Ritz.

Ella quería ser actriz y acabó de dependienta en Comestibles Oliver, yo quería quererla y lo logré demasiado tarde. Nunca pudo ser la sombra de sus días de gloria, como Norma Desmond, porque ni siquiera los tuvo. Yo no pude, como Joe Gillis, darle el guión de su vida.

Hoy somos dos espantajos. Un tirillas enfundado en una chupa de cuero, apurando un whiskey y con falsos aires de estrella de rock, frente a una mujerona cuyos años se le han ido acumulando en las caderas que todavía ensaya ante el espejo su mirada picarona. Damos pena.

Supongo que en el fondo, nunca fue buena actriz. Era menuda, muy bajita, sus movimientos eran torpes y no sabía cantar bien, aunque lo intentaba con gracia.

Pero había un brillo en sus ojos que me hacía creer en ella. Me creía, como en el cine, la gran mentira y por un momento, olvidaba mi firme convicción de que estudiar arte dramático es una pérdida de tiempo para la mayoría de la gente. Si algo resplandecía en los ojos de Elisa, era esa vocación de seguir adelante, de pelear por su lugar. En eso coincidimos.

No se donde queda tu humilde negocio familiar, preguntaré a los vecinos, no descarto pasarme algún día. Fingiré no conocerte, actúa para mí y trátame como un desconocido. Tu recuerdo se está borrando, pero lucha incansable, al otro lado del muro por no ser olvidado. Quizás no tengamos mucho que fingir. Tan cercanos y tan extraños, así hemos quedado.

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Cínico, pedante, rastrero... eterno protagonista de un western crepuscular. Aquí solo servimos whiskey..., y ya van Counter
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